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20/03/2020 0 Comments

Relación entre el sueño y el sistema inmune

[vc_row][vc_column][vc_custom_heading text=»Relación entre el sueño y el sistema inmune» font_container=»tag:p|font_size:30|text_align:left|color:%231e1e1e» google_fonts=»font_family:Open%20Sans%3A300%2C300italic%2Cregular%2Citalic%2C600%2C600italic%2C700%2C700italic%2C800%2C800italic|font_style:600%20bold%20italic%3A600%3Aitalic»][ultimate_spacer height=»30″ height_on_tabs=»15″ height_on_tabs_portrait=»15″ height_on_mob_landscape=»15″ height_on_mob=»15″][vc_column_text]

Hace unos días publicamos una entrada en la que veíamos varios motivos por los que es importante que nuestro sueño tenga una duración y calidad adecuada. Entre estos estaba la relación estrecha que existe entre el sueño y el sistema inmune: “si duermo poco o mal el sistema inmune se altera. Esto se traduce en más probabilidades de enfermar y peor recuperación una vez que lo estamos. Un déficit continuo en el sueño hace que sea más fácil desarrollar múltiples enfermedades: metabólicas, cardiovasculares, neurodegenerativas, psiquiátricas…”

Hoy vamos a ahondar un poco más en esta relación sueño-inmunidad. Para ello he acudido a una excelente revisión sobre el tema que fue publicada el pasado año en la revista Phyiological Reviews.  En ella se hace un repaso de la evidencia actual acerca de la relación bidireccional entre el sueño y el sistema inmune. Aquí veremos solo una de las partes: qué efectos tiene el sueño sobre el sistema inmune.

1. Estudios experimentales en los que se estudiaron los efectos del sueño sobre diferentes parámetros del sistema inmune. 

Cabe mencionar que en esta sección de la revisión no se incluyeron estudios en los que se midieron los cambios en el sistema inmune a lo largo de 24 horas sin una manipulación experimental del sueño, ni aquello en los que la privación de sueño se realizó en conjunto con la realización de ejercicio, aumento de estrés psicológico o deplección de energía. 

  1. Cantidad y distribución de leucocitos

Diversos estudios mostraron que la restricción o privación total de sueño durante unos días conlleva un aumento en el recuento total de leucocitos (o glóbulos blancos). Aunque es cierto que algunos estudios no encontraron cambios, también lo es que no existe evidencia de que el sueño aumente el número de estas células del sistema inmune. La variación podría deberse a las diferencias metodológicas existentes entre los estudios realizados. 

Asimismo, la falta de sueño deriva en un incremento en la cantidad de diferentes categorías de leucocitos: monocitos, linfocitos y las principales subunidades de linfocitos (células B, células T CD4 y CD8 y células natural killer “NK”). Dicho esto, algunos estudios no encontraron estos cambios y otros mostraron que el sueño puede aumentar algunos de estos leucocitos (células T CD4, T CD8 y NK), sobre todo cuando se realiza la medición por la tarde. Esto podría deberse a una respuesta homeostática a la reducción aguda en el número de estas células durante una noche de sueño normal.

Por tu parte, los granulocitos basófilos y eosinófilos no parecen verse afectado por el sueño. Por el contrario, los neutrófilos sí que parece que pueden aumentar cuando se reduce el sueño. 

La reducción de leucocitos que se ha observado con el sueño no parece que sea consecuencia de una alteración en la proliferación de estas células (este proceso requiere de más tiempo del que se tardan en detectar estos cambios), sino más bien una redistribución de las mismas a través de la circulación sanguínea a los diferentes tejidos y órganos. Lo que no se conoce todavía es hacía dónde se redistribuyen. 

Los resultados de los estudios publicados hasta la fecha en humanos y animales muestran que el sueño parece afectar la migración y el número de leucocitos circulantes (de la mayoría de subunidades de estos); no obstante es necesario conocer que las conclusiones acerca de los efectos del sueño sobre la distribución de leucocitos está lejos de estar clara. 

2. Niveles, producción y receptores de citocinas

  1. Interleucina 6 (IL-6). A nivel agudo se ha encontrado que el sueño puede tener diferentes efectos en los niveles de IL-6. Algunos estudios encontraron que una noche de sueño normal, en comparación de una noche sin dormir o con restricción de sueño, conlleva un aumento de IL-6 en saliva o sangre, otros un descenso y otros que se mantiene al mismo nivel. Sin embargo, cuando la reducción de sueño se prolonga varios días, los hallazgos son más consistentes. En la mayoría de estos casos, los niveles plasmáticos de IL-6 o de la proteína C reactiva (CRP; liberada en el hígado en respuesta a la secreción de IL-6) aumenta. Estos hallazgos, que van en la línea de investigaciones con modelos animales que emplearon la restricción prolongada de sueño, muestran que la reducción de sueño prolongada conlleva una respuesta inflamatoria sistémica inespecífica. En cuanto a la producción intracelular de IL-6, parece que esta aumenta por la mañana tras una noche de reducción parcial de sueño y que se estimula cuando la restricción de sueño se prolonga durante varios días. Cuando se midieron, en animales, los contenidos de proteína IL-6 o la expresión ARNm en diferentes tejidos (especialmente en el cerebro) se encontró que tras una reducción del sueño estos pueden aumentar o no manifestar cambios. 
  1. TNF. Aunque algunos estudios mostraron que una noche de sueño normal puede favorecer una reducción de TNF, los niveles de esta citocina en la mayoría de ocasiones no se modifica tras un día de privación o restricción de sueño. Cuando esta condición se prolonga en el tiempo, en algunos estudios con humanos y animales se encontraron aumentos significativos en los niveles de TNF, otros por el contrario no obtuvieron estos resultados. “En general, en comparación con los resultados de IL-6 en plasma —que en la mayoría de los casos aumenta tras una privación o restricción de suelo prolongada—los posibles incrementos en los niveles de TNF parecen ser más difíciles de detectar tanto en humanos como en animales”. En cuanto a la estimulación de la producción de TNF, algunos estudios encontraron que se reduce durante el sueño y que aumenta cuando se reducen las oportunidades de dormir, otros no obtuvieron estos resultados. Los mismos resultados contradictorios encontramos cuando se analizaron los efectos más a largo plazo. En modelos animales, la expresión de TNF (proteína o ARNm) en los diferentes tejidos analizados en la mayoría de mediciones se encontró aumentada o sin cambios tras la reducción de sueño. Por último, los niveles del receptor I de TNF no se encontraron alterados cuando se evaluaron los efectos agudos de sueño; sin embargo, estos se encontraron elevados tras varias noches de privación de sueño, “lo que podría ser un reflejo de una respuesta homeostática al incremento en la producción de TNF en los leucocitos». 
  2. IL-1. Tanto en animales como en humanos, hay estudios que encontraron un aumento en los niveles plasmáticos de IL-1 y otros que no. La producción de IL-1 y la expresión de ARNm en la mayoría de ocasiones permanecieron sin cambios tras la manipulación aguda o prolongada de sueño. Es necesario atender a que, aunque se han encontrado resultados diferentes en los estudios realizados, en ninguna investigación se encontró un descenso de esta citocina tras la privación o reducción de sueño. También se observó en algunos estudios que los receptores IL-1ra (inhibidores naturales de la señalización de IL-1) aumentaron tras la privación de sueño en animales y humanos. 
  1. IL- 2. Los niveles de IL-2 en plasma parecen no modificarse con el sueño, al menos no se ha desmostrado que ocurra en ningún estudio. Algunos estudios, pero no todos, encontraron que la producción de IL-2 parece estimularse con el sueño. Otro encontró que la privación parcial de sueño durante varias noches conlleva una reducción en la estimulación de la producción de IL-2. Los receptores de esta citocina parecen no modificarse a nivel agudo con el sueño y más a largo plazo hay estudios que encontraron resultados dispares. 

Algunos investigadores se centraron en los efectos del sueño en otras citocinas. Por ejemplo, algunos encontraron que la IL-12 aumenta durante el sueño en comparación con una noche en vigilia (aunque estos efectos parecen revertirse cuando a las células se les priva de interferón gamma). Otros estudiaron los efectos sobre las citocinas antiinflamatorias IL-10 y IL-4, y aunque nos se encontraron cambios en los niveles plasmáticos tras la manipulación del sueño, la estimulación de la producción de IL-10 por parte de los monocitos y de IL-4 por parte de las células T CD4 parece que caen durante el sueño cuando se mide en sangre. 

En cuanto al ratio Th1/Th2, se ha encontrado un aumento agudo en el mismo durante la primera parte de la noche cuando estamos durmiendo. En la segunda parte este cambio se invierte. Tras 5 días de restricción de sueño se ha observado que hay un cambio en el equilibrio Th1/Th2 y que hay una mayor actividad Th2 el día siguiente de una noche de privación de sueño. «Estos resultados sugieren que el sueño, especialmente el primer período, es responsable de establecer una respuesta predominante de citocinas Th1». 

Los autores de esta revisión comentan la necesidad de ser cautos a la hora de interpretar todos estos datos, “el impacto del sueño en la producción y niveles de citrinas es complejo”. Por un lado, es importante ser conscientes de que las diferentes metodologías empleadas en los diferentes estudios, tanto en la modulación del sueño como en las mediciones realizadas, pueden ser causa de resultados poco consistentes o contradictorios. Por otro, arguyen que existen varios motivos por los que estas mediciones realizadas podrían no reflejar adecuadamente el estado fisiológico real de una personas. Entre ellos destacan: células incubadas durante varias horas y estimuladas con dosis no fisiológicas; mediciones realizadas en células aisladas y no en toda la sangre; el sueño también afecta a los niveles de leucocitos que producen estas citocinas; en ocasiones las citocinas se producen a nivel local y durante un corto período; muchos estudios no recogen sangre durante la manipulación de sueño (durante sueño o privación) y lo hacen al día siguiente y solo en una o pocas ocasiones. 

A pesar de todo estos inconvenientes, concluyen que “en general parece que el sueño favorece la producción de citocinas proinflamatorias y Th1 sobre la producción de citocinas antiinflamatorias y Th2, siendo ambas reguladas por una respuesta homeostática que revierte este efecto en momentos posteriores (ej. durante la segunda parte de la noche o durante el día). Este delicado equilibrio puede ser alterado por una reducción de sueño prolongada en el tiempo, derivando en un desequilibrio que favorece una respuesta proinflamatoria que probablemente tendrá consecuencias negativas para la salud a largo plazo”. 

3. Actividad y proliferación de las células inmunitarias

Parece que el sueño también es importante para un correcto funcionamiento de las células NK. La actividad de las células NK en humanos parece reducirse durante una noche de privación de sueño y a la mañana siguiente de una noche de privación o reducción de sueño. Asimismo, la citotoxicidad de estas células se redujo en modelos animales tras la privación de sueño durante 24 y 48 horas. Dicho esto, es cierto que algunos estudios mostraron que si la reducción de sueño se prolonga el sistema es capaz de normalizar la actividad de las células NK.

Algo parecido parece que ocurre con la proliferación de linfocitos. Después de una reducción aguda de sueño esta se reduce, pero cuando se prolonga en el tiempo esta alteración del sueño se ponen en marcha procesos adaptativos que compensan los efectos negativos. “En general, los resultados obtenidos tanto en estudios con humanos como con animales sugieren que el sueño normaliza la proliferación de linfocitos, pero los efectos podrían depender de la duración y el tipo de pérdida de sueño”.

En cuanto a la función de los neutrófilos, 2 estudios no encontraron efectos del sueño; sin embargo otro encontró un incremento temporal en la degranulación de neutrófilos después de 1 noche sin dormir, pero no tras 2 noches. Por el contrario, la producción de especies reactivas de oxígeno (ROS) en los neutrófilos se redujo tras una noche de sueño, sin cambios en la fagocitosis. La capacidad supresiva de las células T reguladoras (Tregs) se mostró mayor durante el sueño en comparación con una noche en vigilia. A pesar de todo esto, tanto los resultados obtenidos en neutrófilos y en Tregs deben interpretarse con cautela ya que hay muy pocos estudios. 

4. Niveles circulantes de anticuerpos, factores del complemento y otros parámetros inmunitarios

Aunque es escasa, existe investigación sobre los efectos que tienen sueño sobre el sistema inmune humoral. A nivel de anticuerpos, los resultados son muy diversos. Un estudio encontró un aumento en los niveles circulantes de IgG, IgM e IgA la mañana después de una noche de privación total de sueño en humanos. Esto podría reflejar un cambio en la utilización de anticuerpos más que la síntesis de los mismos; no obstante, estos resultados no fueron replicados en otros 2 estudios. Unos investigadores encontraron que varias noches de privación selectiva de la fase REM resulta en una reducción de IgA pero no de IgG ni IgM. Otros que la restricción de sueño durante 10 o más días parece aumentar los niveles de anticuerpos circulantes, especialmente de IgM. “El significado funcional de todos estos cambios es difícil de valorar”. 

El sueño también parece modular el sistema del complemento (consistente en varias proteínas que ayudan a otros parámetros del sistema inmune en el ataque a los patógenos). Así, se ha encontrado que el factor C3a está elevado durante el sueño en comparación con una vigilia nocturna. Y aunque es verdad que algunos estudios no encontraron cambios en algunos factores del complemento (C3 y C4) ni en sus receptores (C3aR y C5aR) tras la privación total de sueño o de fase REM, otros sí que encontraron que la privación aguda de sueño incrementa la presencia de los factores C3 y C5 en humanos, y que los niveles de C3 aumentan tras 96 horas de privación de fase REM en modelos animales.

Los niveles de las moléculas de adhesión molecular (necesarias para el contacto entre células, por ejemplo entre células inmune circulantes y las células endoteliales) también parecen estar modulados por el sueño. Algunos estudios mostraron, en humanos, un aumento en los niveles de E-selectina y de ICAM-1 (no de VCAM-1) tras una noche sin dormir (este incremento se interpreta como un indicador de un aumento del proceso proinflamatorio). Se ha encontrado también que el incremento que acontece durante una noche de sueño en los niveles de Mac-1en los linfocitos se elimina cuando se le priva de sueño a la persona durante la primera parte de la noche (11 PM-3 AM) (esto se interpreta como una reducción en la habilidad de las células para migrar a los sitios de infección cuando hay una restricción de sueño). A su vez, la privación de sueño aumenta más la elevación de los niveles de selectina-L en monocitos y linfocitos que ocurre durante un sueño normal. Este menor número de células positivas en L-selectina durante el sueño en comparación con la privación del mismo se interpreta como una menor capacidad de migración de las células; parece que durante el sueño hay una migración selectiva de las células que presentan una alta expresión de esta molécula. En definitiva, parece que el sueño favorece la capacidad de migración y la activación de los leucocitos.

Por último, los efectos del sueño en el sistema inmune han sido estudiaos mediante la evaluación de la expresión genética en leucocitos. Lo que se ha encontrado es que la reducción prolongada de sueño “parece favorecer los procesos inflamatorios y puede reducir la capacidad funcional de los leucocitos. Además, parece alterar el ciclo circadiano de los genes asociados con las respuestas inmunes e inflamatorias; estas alteraciones podrían estar asociadas con los problemas de salud relacionadas con problemas de sueño”. 

Efectos del sueño sobre la memoria inmunológica

Existen datos para poder afirmar que el sueño tiene una gran influencia sobre el funcionamiento del sistema inmunológico y que cuando no tenemos un sueño adecuado la respuesta inmunitaria no es del todo efectiva. 

Buena cuenta de ello han mostrado diversas investigaciones en las que se estudió el impacto del sueño en la respuesta inmunitaria después de administrar diferentes tipos de vacunas. Un ejemplo lo tenemos en el pionero de estos estudios, donde se investigó la influencia de restringir el tiempo de cama a 4 horas durante 4 días antes y 2 días después de recibir una vacuna para la gripe. El título de anticuerpos, medido 10 días después de la vacuna, fue 2 veces mayor en aquellas personas a las que sí que se les había permitido mantener su horario habitual de 7.5-8 horas en cama. 

Posteriores estudios han corroborado esta magnitud del efecto del sueño en otras vacunas (como la de la hepatitis A y B), aunque la persistencia varía entre ellos (algunos no encontraron cambios entre grupos a las 4 semanas, otro lo siguió encontrando 1 año después); han mostrado que a las personas a las que se les reducen las oportunidades de sueño en los días cercanos a la vacuna tienen más posibilidades de necesitar otra dosis de una vacuna para llegar a tener protección; y que el sueño no solo favorece la fase de memoria inmunología a una vacuna, también la fase efectora (ej. dormir aumenta número de células T CD4 específicas y su producción de interferón gamma). 

Esto hallazgos van en la línea de un estudio prospectivo en el que se demostró que la duración de sueño habitual —medida con actigrafía— está relacionada con la respuesta que tiene una persona ante la vacuna de la hepatitis B. En este, los investigadores observaron que un sueño de mayor duración durante los 7 días alrededor de las 3 vacunas se asociaron con mayores niveles de anticuerpos secundarios; cada hora adicional de sueño aumentaba en un 50% estos niveles. A su vez, 6 meses después de la última vacuna, la protección clínica se logró en menor medida en aquellas personas que durmieron poco. 

En este último estudio mencionado, ni la eficiencia de sueño medida con actigrafía, ni la duración o calidad de sueño subjetiva se asociaron con la respuesta inmune. Curiosamente, en esta investigación tampoco se encontró una asociación entre la duración del sueño en los días cercanos a la primera vacuna y la respuesta primaria de anticuerpos. Es decir, que el sueño solo afecto a la respuesta de la segunda y tercera vacuna. Esto concuerda con estudios realizados con modelos animales que mostraron datos que sugieren que el sueño no afecta a la inmunidad ya existente; sino al desarrollo de memoria inmunología a un nuevo antígeno —muy relacionada con la fase de sueño de ondas lentas— sobre todo a la fase de consolidación (en las otras fases requiere de más estudios). 

Efectos del sueño sobre el riesgo y el desarrollo de infecciones

Basándonos en los hallazgos que muestran que las infecciones pueden aumentar e intensificar el sueño NREM, se puede establecer la hipótesis de que el sueño es una parte importante en la lucha frente a las infecciones. Esta hipótesis ya sabemos que es cierta por los resultados de diversos estudios realizados con animales y humanos. 

Algunos ejemplos…

En 1993 Toth LA y col. publicaron un estudio en el que se observó un aumento en el sueño de ondas lentas en conejos que fueron inoculados con diferentes microbios, además se comprobó que la respuesta de sueño era un buen indicador de las probabilidades de supervivencia. Así, aquellos animales que presentaron un mayor aumento en la cantidad e intensidad del sueño NREM tuvieron un pronóstico más favorable y una sintomatología menos severa. 

Por su parte, Kuo TH y Williams JA (2014) encontraron que cuando manipulaban genéticamente a moscas para prolongar la duración de su sueño, estas mejoraban su resistencia frente a infecciones bacterianas y aumentaban sus probabilidades de sobrevivir en comparación con aquellas que continuaban con su sueño normal. Con esto animales también se ha observado que  la supervivencia puede aumentar cuando se les reduce el sueño durante un corto periodo de tiempo, pero parece que no es por la privación del sueño sino por el efecto rebote que esto tiene. Si duermo poco un día, mi cuerpo compensa y duerme más al siguiente. Esto se sabe que es así porque las moscas que no tenían la capacidad para generar esta compensación y se les reducía el sueño, no aumentaban su capacidad de combatir las infecciones. 

Friese RS y col. mostraron en 2009 que la mortalidad en ratones que tenían una infección era mayor en aquellos a los que se les interrumpía el sueño que en los que podían completar su sueño sin interrupciones. En otro estudio, llevado a cabo por Lungato L y col. (2016) lo que se demostró es que la privación de sueño antes de una infección de malaria incrementaba la tasa de muerte y el número de células infectadas en ratones, y que este efecto negativo se revertía cuando se les permitía a los animales compensar el sueño perdido. En estos animales también se ha comprobado en otras investigaciones que la privación de sueño durante varios días puede provocar una migración de la bacteria comensal hacia zonas extraintestinales. En condiciones normales esta bacteria es inofensiva, pero al translocarse puede generar una infección y que esta cause la muerte; algo que ocurre si la privación de sueño se prolonga. 

También existen estudios con humanos, aunque esos se han centrado más en los riesgos de infección que en el desarrollo de una infección. Por ejemplo, se ha desmostrado que aquellas personas que reportan un sueño habitual de corta duración (5 horas o menos por noche) tienen más riesgo de sufrir neumonía o una infección respiratoria en los próximos años en comparación con los que duermen entre 7 y 8 horas (aunque es cierto que cuando las personas duermen poco pero consideran que es una duración adecuada, esta asociación sueño-enfermedad no aparece). Esto concuerda con otro estudio en el que mostró una asociación entre un sueño de corta duración en adolescentes y un mayor número de enfermedades (resfriado, gastroenteritis…). Todo esto va en la línea de los hallazgos obtenidos en estudios experimentales en los que se encontró que las personas con una menor duración de sueño las semanas previas a que les inoculara un virus presentaban una mayor probabilidad de enfermar. 

2. Cambios en el sistema inmune asociados con alteraciones persistentes de sueño

Parámetros inmunológicos asociados con la duración habitual de sueño

Existe un gran número de investigaciones que han mostrado una relación entre la duración del sueño y la mortalidad: un sueño corto se asocia con mayor probabilidad de mortalidad. Esta relación podría venir explicada, al menos en parte, por la alteración inmunológica caracterizada por un aumento de la inflamación que se produce cuando dormimos poco.

A continuación algunos datos que muestran el porqué de esta teoría…

En un estudio realizado con más de 3000 personas mayores a las que se les realizó un seguimiento de 9 años, se encontró que aquellas que reportaban dormir menos tenían un mayor riesgo de morir, y que esta asociación estaba explicada por los hábitos de vida, el estado de salud y los marcadores inflamatorios (niveles de IL-6, TNF y CRP). Esta relación se corroboró en otro estudio realizado con más de 2500 mayores a los que se siguió durante 7 años: una duración inferior a 5 horas se relacionó con un incremento en el riesgo de muerte por cualquier causa, incremento que estaba explicado por un elevado nivel inflamatorio (CRP, IL-6, TNF, sTNF-RII, IFN-gamma) provocado por una falta de horas de sueño (no se relacionó con otras características del sueño como la latencia o el tiempo despiertos durante la noche). 

Otros muchos estudios también mostraron que una menor duración de sueño (analizada de manera subjetiva y objetiva) está relacionada con un estado de mayor inflamación (analizada con diferentes marcadores: IL-6, CRP, IL-1, IL-2, TNF, moléculas de adhesión…). Aunque no hay que olvidar que algunos estudios no encontraron esta relación. También los hay que mostraron que un sueño muy prolongado se asocia a una mayor inflamación, incluso a mayor mortalidad. Esto estaría explicado por la presencia de comorbilidades y al hecho de que el estar enfermos nos hace dormir más. 

Además de esto, otros estudiaron la relación entre la duración del sueño y otras variables del sistema inmune: recuento de células, actividad o función celular y longitud de los telómeros. 

En un par de estudios realizados con adolescentes, se observó que aquellos que dormían menos de 8 horas cada noche presentaban una mayor cantidad de glóbulos blancos, de neutrófilos y monocitos, así como más células T totales, células T CD4, células T de memoria (CD3+Ro+) y células T CD4 de memoria (CD4+RO+). 

Asimismo, después de estudiar a más de 2000 mujeres, se ha mostrado que un sueño de corta duración (<6h) está asociado con una reducción en el número de células T vírgenes (naive). “Este descenso podría afectar negativamente a la respuesta inmune ante antígenos nuevos y podría explicar la reducción en la respuesta de anticuerpos que presentan las personas que duermen poco después de recibir una vacuna”. 

Con respecto a la función de las células, un estudio mostró que un corta duración de sueño (<7h) la noche antes de la extracción de sangre se asocia con una mayor proliferación de células T y una menor actividad de las células NK en respuesta a un antígeno. Este descenso en la actividad de las natural killer tras un sueño de poca duración ha sido observado en otros estudios. 

Por último, estudios recientes han encontrado que la duración del sueño tiene influencia sobre la longitud de los telómeros (marcador de edad celular). En un estudio realizado con más de 400 personas de edad mediana-avanzada, encontraron que aquellas con menor duración de sueño presentaban leucocitos con telómeros de menor longitud (aunque solo en hombres, no mujeres). Esto se ha encontrado también en personas mayores y en niños.

En resumen, muchos estudios, aunque no todos, han encontrado que un sueño de corta duración se asocia con las siguientes alteraciones del sistema inmune: incremento de proteínas inflamatorias (en particular IL-6 y CRP), incremento del número de glóbulos blancos, reducción de la actividad de las células NK y telómeros de leucocitos de menor longitud. 

Dicho esto, no hay que olvidar que la mayoría de estudios utilizó una metodología un poco cuestionable a la hora de analizar el sueño, ya que este fue evaluado mediante preguntas y no con métodos objetivos (actigrafía, polisomnografía). 

Parámetros inmunológicos asociados alternaciones persistentes del sueño

El término “alteración de sueño” engloba a problemas aislados de sueño (ej. dificultad para conciliar sueño, fragmentación del sueño…) así como la presencia de insomnio, que es una combinación de diferentes problemas de sueño que persisten durante un tiempo. 

Ya sea mediante el empleo de mediciones subjetivas (ej. valoración de problemas de sueño, escalas graduales de valoración de la calidad del sueño, cuestionarios como el PSQI…) y/o de menciones objetivas (polisomnografía, actigrafía) numerosos estudios han encontrado una relación entre las alteraciones de sueño y el estado de varios marcadores del sistema inmune. 

Al igual que ocurre con la duración del sueño, una merma en la calidad de este se ha asociado (aunque no siempre) con un aumento en los niveles de proteínas inflamatorias como CRP, IL-6, Il-1 y TNF. De hecho, una reciente revisión con metanálisis concluyó que las alteraciones de sueño paren mostrar una mayor asociación con un aumento en la respuesta inflamatoria que un sueño de corta duración. Un estudio encontró que el insomnio reportado por un grupo de trabajadores se asociaba con una menor estimulación de la producción de IFN-gamma y un menor ratio IFN-gamma/IL-4. Esto sugiere que “el insomnio parece resultar en un cambio hacia una inmunidad Th2”, algo parecido a lo que les ocurre a los que tienen problemas de sueño debido a su dependencia del alcohol. A su vez, varios estudios encontraron que un descenso en la calidad del sueño también afecta a la cantidad de leucocitos y a la longitud de sus telómeros. Por último, se ha encontrado que un sueño de mala calidad también conlleva una mayor reactividad inflamatoria: en un par de estudios se observó que la reactividad de la IL-6 era mayor cuando las personas que dormían mal eran expuestas a un reto cognitivo o a un estresor psicosocial. 

La evidencia actual muestra que la presencia de insomnio está directamente relacionada con alteraciones del sistema inmune tales como: incremento en niveles inflamatorios, cambios en los ritmos diarios de citocinas inflamatorias, descenso en algunos tipos de linfocitos y reducción en la longitud de los telómeros en células inmunológicas. 

Todo esto muestra que tanto la corta duración de sueño como las alteraciones persistentes de sueño presentan una fuerte relación con un sistema inmune cuyo funcionamiento no es el adecuado. Esto concuerda con estudios que encontraron que los problemas de sueño se asocian a enfermedades cardiovasculares, metabólicas, dolores persistentes, varios tipos cáncer y patologías neuropsiquiátricas. 

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