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25/02/2019 0 Comments

La Revolución del Dolor

Inspirados y liderados por el reconocido investigador Lorimer Moseley, profesor de la Universidad de South Australia, diversos profesionales sanitarios luchan por el éxito de una revolución. Pero olvidémonos de alzamientos militares y batallas épicas, en este caso se trata de una revolución pacífica donde las armas con las que cuenta no son más que el diálogo y la ciencia. Le llaman la Revolución del Dolor y su objetivo es educar a la población acerca de qué es realmente el dolor, cómo funciona y cuáles son los tratamientos más eficaces para acabar con él. Este 2019 se cumple su tercer aniversario y, como cada año desde su nacimiento, en marzo tendrá lugar su gran evento anual para el que llevan meses preparándose: recorrer cientos de kilómetros en bicicleta para tener un encuentro directo con personas que viven con dolor persistente y con los profesionales que trabajaban con ellos. En esta ocasión han elegido la isla de Tasmania, donde durante 8 días recorrerán más de 700 km con el fin de realizar diferentes actividades educativas en 9 localidades rurales.

Entre otras acepciones, la Real Academia Española nos presenta una revolución como un “cambio rápido y profundo en cualquier cosa”. A lo largo de la historia hemos visto cómo esta “cosa” fueron sistemas políticos, modelos económicos, organizaciones sociales o teorías acerca del universo. A su vez, también hemos vivido revoluciones científicas, como el descubrimiento de la penicilina o del ADN, que han ayudado a que la vida sea cada vez más longeva. No obstante, la cantidad se valora solo cuando viene acompañada de calidad. Nadie quiere tener muchas relaciones sentimentales destructivas, ver muchos partidos malos de fútbol ni, mucho menos, vivir largo tiempo con dolor.

Con respecto a esto último, tenemos un gran problema que resolver: datos epidemiológicos nos muestran que existe una prevalencia muy alta de dolor persistente en todo el mundo —por ejemplo, en Australia 1 de cada 5 de sus habitantes vive con dolor de larga duración—, con las grandes consecuencias personales y sociales que esto tiene. Véase: descenso en la percepción de bienestar social y emocional, inhabilitación para trabajar y realizar los quehaceres diarios, gran gasto económico en recursos médicos… Y lo más preocupante de todo esto es que, a pesar del uso extendido de tratamientos y de la gran inversión de dinero, la tasa de recuperación en personas con dolor persistente no es muy elevada, siendo un pensamiento bastante común entre las personas que lo sufren que los tratamientos son inefectivos. Pero, ¿en qué estamos fallando?

Es fácil entender que las personas encargadas del diseño de tratamientos deben conocer cuáles son los mecanismos fisiológicos que favorecen la perpetuación del dolor, qué tipo de diagnósticos son los mas adecuados para detectarlos y cómo afectan las diferentes intervenciones sobre estos (sino, ¿cómo van a conseguir que una persona deje de sentir dolor?). Asimismo, aunque pueda parecer menos evidente, las creencias y pensamientos que tienen los pacientes acerca del dolor son aspectos clave en el proceso de recuperación. Por ejemplo, ya conocemos que es más probable que los estímulos se califiquen como dolorosos si se cree que son potencialmente dañinos y que, como se ha demostrado recientemente, los niveles de autoeficacia (sentimiento de ser capaz) y las expectativas de recuperación del paciente son predictores importantes de dolor e inhabilitación tras varios meses de seguimiento.

Uno de los problemas es que, en muchas ocasiones, tanto profesionales de la salud como las personas que lo sufren entienden el dolor como un reflejo del estado de los tejidos: el dolor es resultado de un daño tisular y la persistencia de este la consecuencia de una lesión de la que no se terminan de recuperar. A veces, incluso relacionan el término crónico a que es algo de por vida, algo con lo que tienen que aprender a convivir y para lo que no existe remedio posible. Creencias que ha parido la cultura occidental, fruto de un sistema educativo y sanitario con alta dosis de determinismo. Un sistema en el que se establecen constantemente relaciones causa- efecto sin prestar atención a la complejidad de los sistemas biológicos. Un sistema en el que los profesionales sanitarios actúan como mecánicos (quito allí y pongo allá) y en el que los pacientes actúan como agentes pasivos en su recuperación. Un sistema que la experiencia nos dice que no funciona y que la ciencia nos muestra claras evidencias de que está totalmente desfasado. Un sistema que necesita un cambio urgente. En palabras de Lorimer Moseley, investigador con más de 300 artículos científicos publicados en relación con el dolor, “necesitamos afrontar este problema masivo de otra manera. Es tiempo para una revolución en la forma en la que hablamos y tratamos el dolor persistente”.

Así, conscientes y preocupados por esta situación, un grupo de especialistas en dolor — compuesto por investigadores, fisioterapeutas, psicólogos, médicos y fisiólogos del ejercicio— llega a la conclusión de que es necesario movilizarse y se lanza a las calles australianas con el eslogan “repensar el dolor, volver a comprometerse y recuperarse”. Nace la Revolución del Dolor

Su motivo de ser es conseguir cambiar la forma en que las personas (profesionales y pacientes) entienden las causas y las soluciones al dolor persistente. Su aval, la evidencia científica que se va acumulando y que muestra que el mero hecho de que los pacientes entiendan la complejidad y la etiología heterogénea de su condición, se traduce en una disminución del dolor, de la inhabilitación asociada y del número de visitas médicas. Sin embargo, los pensamientos negativos anteriormente comentados están muy arraigados en la sociedad y requieren de grandes esfuerzos para modificarse. Es necesario tomar parte activa e involucrarse de lleno. Deciden, por tanto, ir en persona a diferentes ciudades y pueblos para “darles a los profesionales de la salud y a las personas con dolor la confianza, las habilidades y los recursos para volver a comprometerse con enfoques activos basados en la evidencia científica para mejorar la calidad de vida”, comentan en su web. 

Si ya es llamativo y admirable que profesionales consagrados salgan de su cotidianidad de laboratorios, despachos y congresos para lanzarse a realizar esta aventura altruista, más curioso aún es que decidieran cambiar las batas por el maillot y hacerlo en bicicleta. Y es que como cuenta Jack Behne, fisioterapeuta y miembro de esta revolución, podría hacerse un pequeño símil entre el recorrido de una ruta en bicicleta y el proceso de rehabilitación al que un paciente con dolor debe someterse. Comenta que, guardando las distancias, ambos caminos pueden generar miedo e inseguridad —sobre todo en Australia, que asegura “es uno de los peores países para ser ciclista, tanto que hasta el campeón del Tour de Francia, Cadel Evans, trata de evitarlo todo loque puede”— y requieren de apoyo y un guía, de alguien que transmita la seguridad de que todo irá bien. Además, la carretera y la recuperación exigen cierto sacrificio de sus protagonistas.Tanto es así que, en el primer caso, estos revolucionarios estuvieron cinco meses con un duro régimen de entrenamiento físico para poder completar más de cien kilómetros diarios, con grandes subidas montañosas (lo que les facilitó seguro experimentar cierta dosis de dolor) durante su peculiar movilización.

El plan que han trazado es el siguiente. Una vez al año, en torno a 25 profesionales sanitarios, de diversas zonas de Australia y apoyados por diferentes sponsors y campañas de crownfounding, realizan un tour en bicicleta para llevar la ciencia a numerosas localidades, urbanas y rurales. La duración es de una semana y cada día realizan un nuevo recorrido. Durante estas rutas, además de disfrutar del buen clima y de los maravillosos paisajes australianos, aprovechan para exponer y discutir ideas entre ellos. Al finalizar cada etapa, ya por la tarde, se organizan diferentes eventos en la comunidad.

En primer lugar, llevan a cabo charlas divulgativas para las personas de la zona que quieran asistir por su calidad de paciente o, simplemente como oyentes, por aprender. Con ellas, el objetivo que se han marcado es muy claro: acabar con los mitos populares acerca del dolor y alentar a las personas a que reconsideren las causas y las soluciones al dolor persistente. Que entiendan, entre otras cosas, que el dolor no es sinónimo daño; que el dolor siempre depende del contexto en el que nos encontremos; que es un sistema de alarma que nos protege y que se nutre de información relacionada con el estado de los tejidos, pero en el que aspectos psicológicos y sociales tienen un rol destacado; y que la plasticidad que caracteriza a nuestro cuerpo garantiza que la recuperación, aunque pueda ser lenta y difícil, es posible. Para conseguirlo, y teniendo en cuenta que para la gran mayoría del público se trata de su primera toma de contacto con ciertos términos científicos, los mensajes se lanzan en forma de historietas cotidianas y metáforas, utilizando siempre un lenguaje sencillo y apoyándose en algunos recursos multimedia como fotografías y vídeos.

Por otro lado, conscientes de las dificultades que tienen cada día los profesionales de la salud que trabajan con personas que sufren dolor, organizan seminarios educativos dirigidos a los agentes sanitarios de la zona. La intención es darles a estos profesionales locales una idea de los diagnósticos y tratamientos que se han demostrado efectivos, la evidencia que lo respalda y la forma en que se pueden utilizar en la práctica clínica. “Estamos brindando asesoramiento y apoyo a los profesionales de la salud locales para que se conviertan en expertos en dolor y difundan la información en su comunidad” comenta Lorimer Moseley.

De manera paralela a estas charlas, al llegar a la localidad destino colocan en sus calles un autobús que les acompaña en cada ruta realizada. Bautizado como “Brain Bus”, fue una idea de la Dra Tasha Stanton, científica experta en dolor, que lo define como “un laboratorio científico sobre ruedas”. Este laboratorio portátil no solo les permite tener una buena visibilidad, también les facilita el transporte de materiales auxiliares —tales como libros, gafas de realidad virtual y grandes pancartas con ideas clave—, que utilizan para realizar juegos y simulaciones, y, en definitiva, una educación sobre el dolor y sus posibles tratamientos de una forma menos convencional.

David Butler, uno de lo líderes de esta Revolución del Dolor y autor de varios estudios y libros relacionados con este tema, comenta que “modificar creencias muy asentadas en un individuo puede llegar a ser una tarea muy ardua, más cuando toda una sociedad transmite constantemente un mensaje que refuerza las mismas”. Entienden que la revolución no puede darse en un solo día. El objetivo de cada sesión educativa es poner la primera semilla, pero queda mucho trabajo por delante hasta que la comunidad pueda recoger los frutos. Y este trabajo debe ser autónomo, los ciclistas parten inmediatamente hacia su siguiente destino. Por ello, han creado unas redes locales de educación del dolor que se inician con la selección y formación de sanitarios locales, y acaban con una comunidad en la que se imparten sesiones educativas de manera regular a toda la población, desde jóvenes a mayores. Una comunidad autosuficiente en el tratamiento del dolor. Así valora Kylie Perry, una fisioterapeuta de Wagga Wagga (Nueva Gales del Sur) que fue seleccionada para recibir la formación de este programa, “este año sin duda he adquirido una cantidad increíble de conocimientos y habilidades para ayudar a mi comunidad local. He aprendido estrategias para mejorar el compromiso de mis vecinos con nuestro programa contra el dolor. Está siendo bien recibido y nos está ofreciendo una vía para tener conversaciones continuas sobre el dolor, su complejidad y las mejores opciones de gestionarlo. Ya se están observando los beneficios”.

Cada día se publican nuevas investigaciones científicas que muestran la necesidad de un cambio en la forma en que la que entendemos y nos enfrentamos al dolor. Se han detectado errores y se requieren esfuerzos para solventarlos. Esfuerzos para que se produzca un cambio hacia un modelo holístico en el que se estudie el estado de las diferentes estructuras corporales sin olvidar aspectos cognitivos y emocionales que, ya es bien sabido, tienen gran influencia en la percepción dolorosa. Para ello, es fundamental que las personas involucradas en cualquier proceso de recuperación comprendan adecuadamente la complejidad del problema. En Australia, este grupo de profesionales ya comenzaron hace tres años este proceso de transformación con su peculiar revolución educativa, y ya están viendo sus frutos. Esperemos que no tarde mucho en extenderse hacia otros territorios. De momento, aquí ya tienen a un fiel seguidor que les brindará apoyo.

 

¿Dónde encontrar más información?

https://www.painrevolution.org

Twitter: @painrevolution

Instagram: @painrevolution

Facebook: @painrevolutionride

Linkedin: Pain Revolution

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