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03/09/2019 0 Comments

Influencia de las palabras sobre el dolor

A todos nos ha pasado que gastando la misma broma no siempre conseguimos nuestro cometido. Hicimos reír a algunas personas, pero otras no disfrutaron tanto. También ha podido pasarte que contando el mismo chiste a la misma persona en diferentes momentos consiguieras efectos totalmente opuestos. De manera similar, con la aplicación de un mismo estímulo nocivo, pueden obtenerse diferentes respuestas dolorosas en función de la persona que se trate y de cómo y dónde se encuentre cada una. 

Es decir, tanto en un caso como en otro, la respuestas de una persona dependerán de sus características personales —de quién sea—, pero también de otros factores más cambiantes como la atención o las emociones que se tienen en un contexto determinado. 

Todos estos factores pueden modularse de diversas maneras, entre ellas, con las conversaciones que tenemos con una persona. De esta manera, como ya hemos visto en alguna ocasión, es clave que se cuiden las palabras que se utilicen durante la valoración y el tratamiento de una persona con dolor. Y para muestra de ello, os traemos los resultados de un artículo publicado recientemente en la revista “Brain and Behaviour”. 

En el estudio participaron 17 estudiantes a los cuales, para determinar sus umbrales de dolor basales, se les pidió que pulsaran un botón que hacía aumentar o descender la intensidad de un estímulo eléctrico que se les aplicaba en la mano derecha. Debían buscar la intensidad correspondiente a un valor de 3 y 5 en una escala visual analógica de 0 a 10. Así, se determinaron intensidades de estímulo asociadas a poco (3 en EVA) y mucho (5 en EVA) dolor. 

Para determinar el efecto de las palabras sobre la percepción de dolor, se les presentaron —en una pantalla y durante 700 ms— varios adjetivos con diferentes significados. Algunas eran palabras relacionadas con el dolor, otras palabras asociadas a emociones negativas, aunque no directamente con el dolor, y otras eran palabras que podrían considerarse neutras. A cada participante, se le presentaron estos estímulos visuales en 180 ocasiones de manera pseudoaleatoria. En la mitad de ellas, las palabras iban sucedidas de un estímulo eléctrico (45 a intensidad asociada a poco dolor y 45 a mucho dolor) que debían valorar mediante el grado dolor percibido. En el resto de ocasiones, para controlar los efectos por habituación y expectativas, no se les explicaba ningún estímulo eléctrico. A su vez, con el objetivo de comprobar qué efectos tenían las palabras a nivel cerebral, durante la muestra de imágenes y aplicación de estímulos eléctricos se les realizó una resonancia magnética funcional. 

Estos fueron los resultados obtenidos:

  • En comparación con las mediciones basales, los valores aportados en la escala visual de dolor fueron menores durante la prueba. Esto podría explicarse por la mayor distracción de los participantes debido a la realización de una prueba de imagen a la que no estaban acostumbrados. Se corroborarían así estudios previos que mostraron que la atención modula la percepción dolorosa. 
  • Se observó una interacción entre la intensidad percibida con los estímulos eléctricos y la categorización de las palabras. Así, los estímulos de alta intensidad fueron percibidos como más dolorosos cuando estos eran precedidos de palabras relacionadas con el dolor o emociones negativas sin que estas tuvieran relación directa con el dolor. 
  • Se encontraron diferencias en la valoración de dolor ante un estímulo de alta intensidad cuando este se presentaba después de la observación de palabras asociadas a dolor y cuando  venían tras visualizar palabras negativas no relacionadas con el dolor, siendo en el primer caso mayor el dolor percibido.

  • Ante un estímulo de baja intensidad no se observaron diferencias sustanciales entre los diferentes grupos de palabras, lo que muestra que los efectos de las palabras son más importantes ante estímulos con una cierta intensidad. 
  • Las pruebas de imagen mostraron datos que respaldan los resultados comentados. Los investigadores encontraron que los estímulos que iban precedidos de palabras asociadas al dolor o a emociones negativas produjeron una mayor activación de ciertas áreas cerebrales relacionadas con el dolor, entre ellas la corteza cingulada anterior y la corteza prefrontal dorsolateral. A su vez, en comparación con las palabras neutras, las palabras relacionadas con dolor provocaron una activación más importante en diferentes áreas, entre ellas: corteza cingulada anterior, corteza prefrontal dorsolateral y precúneo. Por último, cuando se compararon los efectos de las palabras relacionadas con dolor y a emociones negativas, se encontró que con las primeras se activaban más las siguientes áreas: corteza somatosensorial secundaria, corteza motora primera, putamen, núcleo caudado, tálamo, sustancia gris periacueductal y precúneo. 

Ya comentábamos que es de especial importancia que cuando se trate con una persona con dolor cuidemos lo que decimos. Los hallazgos de esta investigación muestran que, efectivamente, las palabras modulan el dolor. En concreto se demuestra que mostrar palabras asociadas al dolor hace que se activen en mayor medida ciertas áreas cerebrales relacionadas y que aumente el nivel de dolor percibido. En consecuencia, concluyen los autores, sería razonable concentrarse en expresiones menos relacionadas con el dolor y más relacionadas con el bienestar. 

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