Cuando entrenamos o nos lesionamos aparecen microtraumas acompañados de procesos inflamatorios y que normalmente generan disconfort o incluso dolor. En muchas ocasiones, ya sea con el objetivo de atenuar los descensos de rendimiento en un siguiente entrenamiento o competición, o para favorecer procesos de rehabilitación de lesiones, recurrimos a métodos que nos ayuden a restablecer las condiciones basales y eliminar las molestias causadas por el daño generado.
Uno de los mas habituales es la aplicación de hielo, bien de forma localizada o bien en forma de baño con agua helada, y aunque los resultados hasta la fecha sobre sus efectos antiinflamatorios, en la eliminación de metabolitos o en el mantenimiento de rendimiento son bastante inconsistentes, sí que parece evidente que mejora la percepción subjetiva de recuperación (Leeder, 2012; Sánchez-Ureña,2015), hecho que podría ayudar a mejorar en posteriores esfuerzos y por el que, seguramente, su uso está tan extendido.
Pero, ¿qué consecuencias tiene la aplicación de hielo en las adaptaciones musculares?
Sabemos que para ir generando adaptaciones tenemos que romper la homeostasis mediante la inducción de un estrés suficiente, para promover cambios neurales y estructurales que nos preparen para afrontar nuevos estímulos (daño-reparación-adaptación). Si nos saltamos o reducimos uno de los pasos, los procesos lógicos de adaptación se verán alterados y los resultados no serán los esperados.
Para que exista regeneración muscular, se requiere de un proceso inflamatorio y daño muscular secundario, que parece que reducimos con el frío. Asimismo, también son necesarios otros procesos bioquímicos involucrados en la síntesis de proteína, como la expresión de la vía mTOR y de las células satélites, cuya activación esta altamente relacionada con la temperatura de la célula, siguiendo un patrón de U invertida y en el que salir de un rango óptimo de temperatura podría reducir estos procesos.
Yamane en 2006 ya nos daba indicios para pensar que la aplicación de frío puede comprometer las adaptaciones que provoca un entrenamiento de fuerza. Hallazgos que corroboró en su nuevo estudio, y que coinciden con los que encontró Fröhlich (2014), que observó como el frío atenuaba la ganancias de fuerza tras 5 semanas de entrenamiento.
Recientemente se han publicado datos que podrían darle una explicación fisiológica a estos hallazgos y que indican que la disminución, a largo plazo, de las ganancias en fuerza e hipertrofia se debe a la supresión de la señales anabólicas y de la actividad de las células satélite, en consecuencia de la aplicación de agua helada después del entrenamiento de fuerza.
En un doble estudio, Roberts y col(2015) demostraron que por un lado la inmersión en agua fría atenúa los aumentos naturales en la fuerza, el área de la sección transversal de la fibra y el crecimiento de mionúcleos tras 3 meses de entrenamiento de fuerza.
Y por otro, que la fosforilación de p70S6K (quinasa activada por mTOR y requerida en el crecimiento celular) incrementó significativamente a las 2 y 24 horas tras el ejercicio en el grupo-activa, pero sin embargo en el grupo-hielo sólo incrementó a las 2 h, además de que el nivel de activación fue menor comparado con un grupo que realizó una recuperación activa.
Además de esto, observaron mediante dos marcadores de células satélites diferentes (PAX7 and NCAM), que el incremento normal de células satélites que suele acontecer tras un entrenamiento de fuerza, fue inhibido en el grupo hielo.

Mecanismo de inhibición, por parte del hielo, en el proceso de síntesis de proteínas
Figueiredo y col(2015) encontraron que el frío bloqueaba factores de traducción (MNK-1, elF4E y Cyclin D1) y transcripción (UBF y c-Myc) de ARNr, hecho que puede interferir en la síntesis de proteínas y por tanto en las adaptaciones que genera un entrenamiento de fuerza.