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24/10/2019 0 Comments

5 acciones para tratar con una persona con dolor musculoesquelético, independientemente de la región corporal

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Existen numerosas formas de tratar con el dolor. Dependerá, por ejemplo, de la región corporal en la que exista el dolor. Pero, sobre todo, dependerá de la persona, de su contexto. Así, debemos prestar atención a todos los factores multidimensionales que puedan estar influyendo en el estado actual de cada persona y actuar sobre todos que sean modificables. 

Entendiendo esta necesidad de poner el foco sobre la persona y su relación con su entorno, os dejamos 5 acciones recomendadas por expertos en la temática para tratar con una persona con dolor musculoesquelético, independiente de la región corporal. 

  1. Valorar factores biopsicosociales y comorbilidades

Es necesario comunicarse de forma clara con la persona para identificar factores biopsicosociales potencialmente contribuyentes en su dolor e inhabilitación, que luego se convertirán en objetivos terapéuticos. 

Entre ellos se encuentran creencias, respuesta emocional y de enfrentamiento al dolor, contexto social, factores físicos y hábitos de vida, así como la presencia de comorbilidades. 

Los profesionales responsables serían incorporar herramientas de evaluación, como el “Orebro Musculoeskeletal Pain Questionnaire”, para identificar barreras en la recuperación y objetivos de valoración y tratamiento. 

2. Comunicación centrada en la persona

Los profesionales deberían utilizar preguntas abiertas y reflexivas para que la persona entienda los factores que pueden estar contribuyendo a su estado actual de dolor, incluyendo: 

  1. Experiencia de dolor (“cuéntame tu historia”)
  2. Creencias sobre las causas del dolor (“¿Cuál crees que es la causa de tu dolor?”)
  3. Enfrentamiento con el dolor (“Qué hace cuando el dolor aumenta?”)
  4. Impacto (“Cuéntame cómo afectan tus síntomas a tus actividades cotidianas”)
  5. Preocupación (“¿Estás preocupado por los síntomas?”)
  6. Creencias sobre la realización de actividades (“¿Por qué piensas que no debes doblar la espalda/coger peso/correr…?”)
  7. Factores sociales (“Cuéntame algo sobre tu vida familiar/laboral/social…”)
  8. Objetivos (“¿Cuáles son tus objetivos?”)
  9. Expectativas

3. ¿Qué piensas que necesitas para alcanzar tus objetivos?

Esta información puede guiar una valoración en la que se exploren las preocupaciones, las limitaciones funcionales y la capacidad física en función de sus objetivos. Debe priorizarse una comunicación que centre la atención en lo que cuenta la persona y una toma de decisiones compartida sobre los posibles riesgos y beneficios de diversas intervenciones. 

4. Educación (más allá de las palabras, usando métodos de aprendizaje activo)

Debemos considerar la educación como un aspecto central del tratamiento, transmitir información basada en la evidencia científica y facilitar un cambio de comportamiento. Esto requiere del uso de un lenguaje simple y claro que nos ayude a derribar mitos sobre el dolor, las pruebas de imagen y la realización de actividades. 

La educación es un proceso activo que se optimiza preparando la información clave, usando historias interesantes, recursos web y material educativo complementario. El uso de un formato educativo u otro vendrá determinado en función de las preferencias y el contexto de cada persona. 

La educación comportamental, por ejemplo a través del ejercicio, puede utilizarse para eliminar creencias que no ayudan y fomentar la confianza acerca de la seguridad y beneficios del movimiento. 

Para evaluar el aprendizaje, se le puede pedir a la persona que haga un resumen con las ideas claves de los mensajes dados en cada sesión. 

5. Entrenar en el automanejo de la situación

Debemos empoderar a la persona para que realice ejercicio, actividades que le sean significativas y lleve un estilo de vida saludable con confianza. Ya sabemos que los tratamientos activos, individualizados o realizados en grupos, reducen el dolor y mejoran la función en personas con diferentes dolencias y comorbilidades. Para algunas personas esta transición puede ser fácil, pero para otras requerirá de un cambio gradual en un período de tiempo más prolongado. 

Durante este proceso, el tratamiento se centrará en las necesidades individuales de la persona, y podrían incluirse los siguientes objetivos de cambio: 

  1. Pensamientos y creencias que son de poca ayuda (ej. desarrollar optimismo y conseguir entendimiento de la complejidad del dolor)
  2. Barreras físicas en la recuperación (ej. manejo de las cargas, programa de ejercicio gradual enfocado en las alteraciones que se presenten, como debilidades, movilidad, evitación del movimiento y/o comportamiento de protección. 
  3. Hábitos de vida (ej. sueño, actividad física regular, relajación, control del peso, alimentación, interacciones sociales positivas). 

Los profesionales deberían animar a las personas con dolor a que apliquen las estrategias aprendidas a su día a día y durante períodos en los que aumentas los síntomas o el sufrimiento. Asimismo, se les debe enseñar cómo autocontrolarse y progresar en su propio programa. Estas estrategias pueden ayudarles a mejorar su autoeficacia y desarrollar estrategias sostenibles de autogestión que estén en línea con su contexto, preferencias y objetivos.

*Prestar atención a comorbilidades de salud

Los profesionales deben derivar a otro especialista en caso de encontrar la presencia de alteraciones que se salen de su campo de actuación, como altos niveles de sufrimiento emocional, desorden alimenticio o diabetes tipo 2. El trabajo multidisciplinar debe estar integrado, para ello se hace necesaria una constante comunicación entre los miembros del equipo. 

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